Don Aurelio se sentaba cada tarde en el mismo banco del parque, con un abrigo gastado y una bolsa de migas de pan en el regazo. Daba de comer a las palomas con paciencia, sin molestar a nadie. Muchos pasaban a su lado sin verlo; otros lo miraban con lástima o con burla.
El día que Marcos se pasó de la raya
Marcos era un chico del barrio que presumía de listo. Una tarde, para hacerse el gracioso frente a sus amigos, le tiró la bolsa de migas al suelo.
—Viejo inútil, ¿no tienes nada mejor que hacer? —le dijo entre risas.
Aurelio no se enojó. Se agachó despacio, recogió las migas una a una y respondió con voz tranquila:
—Tengo mucho que hacer, hijo. Pero hoy me tocaba aprender algo de ti.
Los amigos de Marcos se rieron, aunque él, sin saber por qué, sintió una punzada de vergüenza que lo acompañó toda la noche.
Una entrevista inesperada
Semanas después, Marcos consiguió una entrevista en una empresa conocida de la ciudad. Se puso su mejor camisa, practicó sus respuestas frente al espejo y entró con la cabeza alta. Al otro lado de la mesa, con un traje impecable, estaba don Aurelio.
No era un anciano cualquiera. Había fundado esa compañía décadas atrás y, ya jubilado, dedicaba sus tardes al parque porque allí escuchaba a la gente del barrio, conocía sus problemas y decidía a quién ayudar con becas y empleos.
Marcos bajó la mirada esperando el rechazo. Pero Aurelio le habló con la misma calma de aquella tarde:
—Los errores se pueden corregir. Empieza el lunes, pero antes ve a pedir disculpas a todos los que alguna vez ofendiste.
Lo que nos deja esta historia
Nunca sabemos quién tenemos delante. La humildad no es debilidad, y una burla tarde o temprano nos devuelve el reflejo de quienes somos. Marcos tardó meses en recorrer el barrio disculpándose, pero lo hizo, y aprendió que ser grande empieza por respetar a los demás.
Historia de ficción escrita para entretener y reflexionar.
